Rutas

Madrid quiere estrenarse en la lista de la Unesco con una candidatura con mucha historia: por fin, en 2019 opta con un recorrido que mezcla ciencia, arte, naturaleza y ocio. Te contamos los secretos de un paseo de varios kilómetros por el corazón de Madrid a través de un recorrido que puedes disfrutar cómodamente en tu Ford.

Madrid es la única gran capital europea ausente en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Un dato incomprensible teniendo en cuenta que España, con 47 bienes declarados (algunos en la misma Comunidad de Madrid como El Escorial, Alcalá de Henares o Aranjuez, pero ninguno en la capital), es el tercer país de la lista mundial después de Italia, con 54, y China, con 53. Decidida a estrenarse en el club, la ciudad presenta su candidatura “El Paseo del Prado y el Buen Retiro, paisaje de las Artes y las Ciencias” en la categoría de Paisaje Cultural. Un título, el de paisaje cultural, que tiene un bonito subtítulo: «son aquellos bienes culturales que representan las obras conjuntas del hombre y la naturaleza, e ilustran la evolución de la sociedad y sus asentamientos, condicionados por las limitaciones del entorno natural y por las sucesivas fuerzas sociales, económicas y culturales». Os invitamos a recorrer en vuestro Ford esta ruta y descubrir por qué se trata de uno de los rincones urbanos más bellos de Europa.

Un recorrido con «valor universal excepcional»

Madrid presenta la candidatura de un espacio de 200 hectáreas de las que el 75% son verdes. Incluye el primer paseo arbolado urbano que se conoce en Europa: el paseo del Prado, entre Cibeles y la plaza de Atocha, además del parque del Retiro y el barrio de los Jerónimos. Y todas las joyas que contienen, porque la unión de la naturaleza y la cultura es, en palabras de los responsables de la candidatura, la llave para alcanzar este reconocimiento.

Para lograrlo ya se ha montado un consejo cívico y social encargado de asesorar y proponer actividades para llevar a buen puerto el proyecto, y una web que informa a los ciudadanos de esa maravilla que desde hace siglos vertebra el corazón de Madrid. En el entorno del paseo del Prado se sitúan grandes instituciones culturales (palacios, museos), científicas (jardín botánico, real observatorio), políticas (Congreso, ministerios), económicas (la Bolsa, el Banco de España) y representativas (por aquí pasan las manifestaciones de los madrileños). Muy cerca, el Parque del Buen Retiro, que nació como parque real. Un conjunto que se remonta a mediados del siglo XVI, cuando por primera vez se pensó en un espacio verde para el disfrute de los ciudadanos, sin distinción de clases, y que se transformó en el siglo XVIII con Carlos III, exportando la idea a ciudades latinoamericanas como La Habana o México.

Para que Madrid entre en el exclusivo y ansiado club del Patrimonio Mundial debe demostrar que su candidatura posee un “valor universal excepcional” a los representantes de la Unesco que visitarán la ciudad entre agosto y octubre de 2019. A comienzos de 2020 los expertos enviarán su recomendación al organismo. La opción madrileña, al igual que el resto de candidaturas, será votada por el Comité de Patrimonio Mundial en julio de 2020. Para que antes de que se decida este proceso ya podáis disfrutar cómodamente con vuestro Ford de esta ruta, os resumimos los datos más curiosos de este paseo por el corazón de Madrid:

Agua subterránea en el paseo del Prado

La zona Prado-Retiro tiene un gran protagonismo en la vida de los madrileños desde el siglo XVI, convertida en un lugar para el disfrute y el ocio con jardines y fuentes gracias al agua subterránea y el caudaloso arroyo que lo atravesaba de norte a sur. Las tipologías de jardines crean una amplia variedad, formando uno de los espacios verdes más sorprendentes de Madrid. El Paseo del Prado surgió como un lugar de esparcimiento tras las intervenciones llevadas a cabo por Felipe II, haciendo de este lugar uno de los accesos más solemnes a la ciudad. Poco a poco se transformó en una bella alameda conocida como el Prado Viejo de San Jerónimo por la cercanía del monasterio. El Prado se adornó con fuentes y hasta con una torrecilla donde se podía escuchar música. Los nobles compraron terrenos para sus villas, y la construcción del Palacio del Buen Retiro con Felipe IV dignificó la zona (de aquel gran palacio de recreo solo sobreviven el Salón de Reinos y el Casón del Buen Retiro, ambos parte del Museo del Prado).

Los Borbones transformaron el paseo, destacando especialmente la reforma de Carlos III, con una doble finalidad: mejorar la salubridad y embellecer la zona con fuentes mitológicas, creando lo que se conocería como el Salón del Prado. Por cierto que Ventura Rodríguez planificó el Salón del Prado a la manera de un hipódromo griego de contenido mitológico, con Apolo (símbolo de los borbones, descendientes del Rey Sol), Cibeles (símbolo de España) y Neptuno (símbolo del poder marítimo de la corona). El monarca levantó instituciones científicas como el Real Jardín Botánico, la Academia de Ciencias, el Observatorio Astronómico, el Gabinete de Historia Natural y Laboratorio Químico, que formaron lo que se llamó en su día “la colina de las ciencias”. También estaba en esta zona el Hospital General de Madrid, edificio transformado en el Museo Reina Sofía.

Las estufas del Retiro

En 1890 Celedonio Rodrigáñez, al mando de los parques y jardines de Madrid, decidió crear en el Retiro, muy cerca del Ángel Caído (escultura que representa a Lucifer, inspirada en la obra del siglo XVII “El paraíso perdido” del poeta británico John Milton), un reservado para talleres y estufas donde se trasladaron los invernaderos de palacetes y otros parques de Madrid. El lugar sirve desde entonces como vivero para todo tipo de plantas. Las más delicadas se cultivan en estos invernaderos históricos realizados en cristal y hierro. Los invernaderos eran también conocidos como estufas por ser calentados mediante un sistema de calderas de agua y tubos de cobre subterráneos, a modo de estufas. Una tradición del norte de Italia que buscaba la aclimatación de cítricos procedentes de Sicilia en macetas de barro. Hoy las estufas del Retiro conservan una colección de invernaderos única en España, como el de la familia Bourguignon o el del Palacio de Liria.

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El jardín del Reservado

Era un recinto reservado para uso y disfrute Fernando VII, en el ángulo noreste del Retiro. Tras la Guerra de la Independencia se crearon en esta zona una serie de caprichos o folies como la Montaña Artificial, una construcción a modo de templete que servía de mirador panorámico, con una cascada custodiada por dos leonas que le da un aire bucólico. Junto a ella se levanta la Casita del Pescador, rodeada por un pequeño estanque y rematada por un pronunciado chapitel propio de la arquitectura de los Austrias, muy presente en Madrid. Un poco más al sur se levantó la Casa del Contrabandista, que en origen servía para albergar una noria. Después se utilizó como gabinete de oxigenoterapia y hoy es la sede del famoso Florida Park. Dentro del Reservado del rey estaba la Casa de Fieras, en la zona que hoy ocupa la biblioteca Eugenio Trías.

Real Jardín Botánico, sucesor de Migas Calientes

Fue una de las instituciones clave del complejo científico y cultural que Carlos III desarrolló en el Paseo del Prado. Antes existía otro jardín botánico conocido como Migas Calientes junto a la orilla del Manzanares, en el camino del Pardo. En 1773 se aprobó su traslado y se nombró encargado del proyecto a Francisco Sabatini, que diseñó una puerta monumental con forma de arco del triunfo. Juan de Villanueva tomaría el relevo de las obras, organizando el jardín botánico en tres terrazas que se adaptaron a la pendiente natural del terreno. En el centro de la terraza superior destaca la gran estufa de Villanueva, con una fachada neoclásica con columnas toscanas. El jardín botánico llegó a albergar un gran número de ejemplares traídos de las expediciones a América, entre ellas la de Malaspina y la de Celestino Mutis, y promovió expediciones para documentar la flora de la Tierra, de las que guarda un gran archivo reconocido mundialmente. El Botánico fue restaurado en 1981.

El palacio de Buenavista

Actual Cuartel General del Ejército, este palacio fue construido por Ventura Rodríguez para el XII Duque de Alba y reformado por Juan Pedro Arnal para su sucesora. Integra modelos franceses e italianos de transición entre el barroco y el neoclasicismo, y su fachada principal se abre a espléndidos jardines diseñados en 1870. En ese mismo año también se colocó la verja que los rodea, obra del cerrajero real Bernardo de Asins. El jardín se transformó al estilo paisajista propio de finales del XIX, con varios parterres curvilíneos en torno a la gran escalera que los atraviesa y da acceso al palacio. Como curiosidad, los últimos viernes de cada mes se realiza la ceremonia del cambio de guardia. El encargado del cambio de guardia es el ‘Regimiento inmemorial del Rey’, considerada la unidad armada más antigua del mundo, con uniforme del siglo XVIII.

Homenaje a personajes ilustres

Paseando por el Retiro y el paseo del Prado encontramos estatuas dedicadas a personajes ilustres que en su momento también disfrutaron de estos lugares, como el Premio Nobel de Medicina Ramón y Cajal o el dibujante Antonio Mingote. Todo un elenco de personajes entre los que destacan Galdós, Pío Baroja, los hermanos Álvarez Quintero, Eugenio D’Ors, Alfonso XII, Jacinto Benavente, Claudio Moyano o Pedro Ponce de León.

Los aguadores de Madrid

Aunque Madrid contaba con un buen suministro de agua gracias los ingenios técnicos de época islámica, el abastecimiento no llegaba a todos los hogares. Por eso durante más de cuatro siglos, desde el XV hasta mediados del XX, la figura del aguador fue clave en la ciudad. Vendían agua por las calles al grito de: “¡aguaaa ¿quién quiere agua?!”. Ayudados por mulas o cargados con grandes cántaros, eran especialmente populares en las procesiones religiosas y actos públicos. Cada aguador tenía asignada una fuente pública, auténticos mentideros donde las noticias eran comentadas y exageradas. Con la construcción del Canal de Isabel II llegó el fin de los aguadores, sobreviviendo algunos con un carácter más anecdótico que funcional, en un esfuerzo por mantener viva la tradición. La figura del aguador fue tan popular que escritores como Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina escribieron sobre ellos, y pintores como Velázquez o Goya los inmortalizaron en sus obras. Incluso la zarzuela “Agua, azucarillos y aguardiente” hace una clara alusión al gremio.

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